Ceguera
A esta hora me encontré mirándote a los ojos;
sobre ellos se estrellaban las palabras,
lágrimas de cristales cayeron cortando la carne,
luego dormiste
quedándome ciego,
maldito.
Y te preguntabas
Y te preguntabas que hacer con todo esto, que hacer con el hambre que tienen tus manos, con la sed de verte que tienen tus ojos. Y decías que los fantasmas de las habitaciones eran compañeros que te enseñaban que la transición de la carne al vacío no dolía.
Y mírate ahora, perdido y confundido entre los laberintos de un despropósito que sólo tú sabías que existía; hiciste de las torres las estacas que se entierran en lo profundo de tu abismo, hiciste que las cúpulas se desplomaran por tus falsas creencias, que todo es eterno, que todo amanece para ti. Transformaste lo bueno en nada.
¿Dónde mirar?
¿A dónde debo mirar? Si volteando la vista está aquello que testifica tu presencia, si al correr de las páginas hay una letra que no es mía. ¿A dónde mirar cuando esa foto me observa con la lentitud en que se desplazan los continentes de los nombres?
¿Qué hacer con esta mirada que sólo alcanza a ver lo inmediato? Cada título, cada trozo de papel, cada objeto puesto ahí con el propósito inamovible de rememorar momentos que se han vuelto áureos; ante lo cual levanto las armas de la negación, de la autodestrucción necia por edificar aquí el mausoleo de este tesoro involuntario.
Me rehúso abriendo los ojos a este despintado cuadro, arrebatándole el color con la mirada, viendo la prenda colocada en la exacta posición en que fue dejada, eternizando los finales inconclusos, desvariando entre fantasías de esperanza, entre conteos de minutos que se acumulan por las noches cansadas de tanto querer, de tanto esperar que la lejanía del horizonte se rompa con el estruendo de una voz cercana.
-¿Está usted bien? – Sus ojos no se abrieron y no hubo más respuesta que la de un leve sobresalto que no fue suficiente para despertarle.
-¿Esta usted bien? -la pregunta fue más seca que la anterior. Esta vez sus ojos inyectados de sangre despertaron de ese sitio que era mejor que todo esto. Hizo un intento por levantarse que no fue suficiente, recayó en el mismo lugar y se cruzo de brazos. Tal vez esperaba que alguien le dijera que se fuera de ese lugar, alguna agresión, alguna otra orden.
-¿De dónde viene? – Me miró, su mirada pesaba. Sus ojos, esos ojos, decían más que cualquier crónica de una vida. Mencionó algún sitio del que seguramente partió hace mucho tiempo y quien sabe por qué motivos, no entendí, no pude escuchar de dónde. Afuera de la estación llovía, el cielo gris plomo no dejaba secar eso que uno tiene dentro que se pudre con la humedad y la falta de luz. Su ropa sucia y la manta que le cubría no eran suficientes, ni el hecho de que estuviese sentado en el mismo borde donde el agua salpicaba en su caída. ¿Qué más hacer sin tener los medios?. Él no quería hablar, ¿quién querría hacerlo luego de estar perdido en una ciudad de extraños?.
-¿Puedo darle una moneda? -Sus ojos viendo al suelo me avergonzaron; asintió para luego darle lo que yo mismo no tenía. Me fui de ahí. Afuera seguía lloviendo. En la banqueta tres niños montados en la misma bicicleta desafiaban lo que para mis ojos era una tormenta mientras que para otros era sólo un día más.
Todo obedece al dolor, a eso que quisiera arrancarme con las manos que ya ni fuerza tienen. Arrancar ese algo, ese nada, ese vacío que amenaza con estallar y hace perder la razón.
Dejar de pensar, dejar de imaginar recordar, querer y desear, dejarlo todo, dejar todo eso que golpea, que araña por dentro… sin poder, sin querer hacerlo.
“¿Cómo hacer para hacerte deshacer el pasado que nos extermina?
Deshojar los cuentos que desbaratan nuestros pensamientos?“
Alas…
—Deseo que un día te marches de aquí —declaró—. Deseo que te vayas. Llevarás contigo una fortuna que yo te daré y todos los conocimientos que he procurado inculcarte. Llevarás contigo tu gracia y las artes que has logrado aprender: a pintar, a interpretar cualquier música que yo te pida, a danzar con asombrosa exquisitez. Llevarás contigo esas dotes e irás en busca de todo cuanto deseas…
—Sólo te deseo a ti.
—Cuando pienses en estos momentos, cuando estés acosado por la noche y cierres los ojos, estos instantes que tú y yo hemos compartido te parecerán corruptos y extraños. Te parecerán cosa de magia, una locura, y este lugar cálido se convertirá en una cámara de siniestros secretos, y estos recuerdos te dolerán.
—No me iré.
—Recuerda que fue amor —dijo mi maestro—. Que ésta fue la escuela de amor en la que curaste tus heridas, en la que aprendiste de nuevo a hablar, sí, y a cantar, y en la que renaciste de aquel niño quebrado como si ésta fuera una cáscara y tú, un ángel, brotando de él con unas alas grandes y fuertes.
—¿Y si me niego a marcharme por propia voluntad ? ¿Me arrojarás desde alguna ventana para que vuele o me desplome? ¿Trancarás todas las persianas luego de pasar yo? Te aconsejo que lo hagas, porque golpearé, golpearé y golpearé hasta morir.
No tendré alas que me sirvan para alejarme de ti…
A.R.











