La tumba del pardo

El blog donde Morfo amontona sus apuntes y otros huesos

Para mirarte mejor

Aunque te aceche con las mismas ansias, rondando siempre tu esquina, hoy no podríamos reconocernos como antes. Tú ya no usas esa capita roja que causaba revuelos cuando pasabas por la feria del Parque Forestal, hojeando libros o admirando cuadros, y yo no me atrevo ni a sonreírte, con esta boca desdentada.

Luis Armando Epple

Pero no

Comandanta

Comenzar a describir todo lo que pasa, usando las palabras correctas no sería más que una pretensión de la que, aún yo, soy incapaz de cometer. Me perdonarás que de lo mucho de lo hablado poco haya quedado en la copa de mis manos, quizás lo mismo que queda luego de un padrenuestro en cualquier misa de domingo. Y no me malinterpretes pues sé bien de las carencias que padezco al momento de tratar de explicarme o, quizás, justificarme. El asunto que quiero decir lo mejor posible, es que de lo dicho todo ha sido adoptado como es debido, pero de ello algunas son las palabras que ahora me hormiguean el cerebro, como otras tantas cosas que rondan. “Toma el fusil”, “El hombre nuevo”, además de la necesaria labor revisionista por la historia debajo de la identidad.

Tú, mejor que nadie, me vas perdonar el estornudo existencial ya que de lo dicho, también ha quedado claro que no siempre somos resultado de la dialéctica, sino un primitivo error que deviene en temores hasta infantiles, temores que son parte de la mochila vetusta y raída que seguimos metiendo, ocultando, dentro de nuevas mochilas.

Es evidente que comienzan a escasear las fórmulas retóricas para evadir todo aquello que viene ineludible y que, como se ha escrito-leído, lo correspondiente es “Desaparecer, sin madrugadas chuecas” o todo lo contrario.

Es tremenda la habilidad que se descubre para llegar al estado dual donde uno se oculta de lo que, por otra parte, busca. Algo como un enfermizo ouroboros que consume las manos, la fuerza, el tiempo, las personas, las palabras, las esperanzas…

¿Qué es todo esto? ¿Qué compone la materia de todo aquello que pesa sin existir?

La carta perdida I

Le había disparado, usted debe saber cómo es; técnicamente fue sencillo: revisas que el cargador tenga al menos una bala, lo insertas en el culo de los pistola, tiras de la corredera para que la bala suba a la recámara del cañón (y a la vez tiré atrás el martillo percutor), quitas el seguro, apuntas y jalas del gatillo. Lo que no fue fácil fue lo siguiente.
No sabía si había atinado al cuerpo, no había herida visible aunque debió de existir pues su cuerpo ya estaba en el suelo, por los movimientos lentos de sus extremidades supuse que estaba muriendo. La razón de mi acto fue esa carta que ahora yace junto a su cuerpo.
Al ver el sobre lo abrí sin más, de lo que leí en la carta surgió un mareo indescriptible, ese que llega desde tu estómago cuando estás a punto del desmayo, pero no hubo tal cosa; las piernas tiemblan, las manos también, la respiración se agita. Lo de siempre, supongo, lo de siempre.

“¿Quién putas…?” fue la pregunta que le hice y de la que no espere respuesta. Mientras caminaba en busca del arma le escuchaba decir algo sobre malentendidos, confusiones y demás súplicas que, ahora sé, las dijo. Pero yo no escuchaba, no en el sentido propio de la palabra, eran como susurros en oídos sordos, igual de sordo que el sonido de un disparo en un lugar cerrado.

¿Qué si estaba fuera de mí? Desde luego que lo estaba. Le había disparado, y eso fue todo.

Y no señor, en esos momentos no se me ocurrió ver el sobre y darme cuenta que el destinatario de la carta vive en la casa de a lado.

Mi mirada

Me observo
resaltando mis ojeras,
por encima de ellas,
la mirada cansada,
expectante
a la vez que dispersa,
desinteresada,
hambrienta.

Por momentos
ilusionada,
a veces esperanzada,
pero casi todo el tiempo
ingenua,
absurdamente cautiva
por sueños
que mueren,
por realidades
que crecen.

Hiper-nocturna

Noche-Película

Los hechos que obran en la causa…” decía la actriz, cuyo nombre no recuerdo, mientras su interlocutor sonreía como un auténtico idiota ante la expresión pétrea y voz monótona de ella. Así, ante una escena trivial, de una noche de televisión trivial, mientras veía esa película, comprendí cabalmente ese gesto que el actor supo a bien comunicar. Más ese gesto no siempre es una sonrisa catatónica, pero siempre, para ser honesta, debe ser una expresión oculta, enterrada bien adentro junto con las ansias.

Noche-Camino

Un día me alejé del mundo y sus múltiples realidades. No observaba ni sentía más que aquello que se filtraba por la capa de cinísmo que era menester mantener para dejar que lo puro se mantuviese como tal. Inusual dósis de indiferencia dirigida me fue negado a voluntad tanto tiempo que, al saborearlo, supe por qué se convierte en un néctar enviciante pero del cual es posible generar todo aquello que de la constante rabia no puede nacer. Entonces pude ver como esa transparencia medraba las causas más improbales, las utopías largamente postergadas, las acciones, el percutor del manifiesto.

 

Noche-Tú

Al bajar a la estación, no quería irme, cigarro tras otro que mantuviera esa extensión de tu encuentro con el mío. Observando a quienes van, a quienes llegan de quien-sabe-donde. Sin saber cómo descifrar esa no-soledad, insondable; intenté decirme cosas a modo de consuelo. El tiempo, la distancia en tierra, no son cosas hechas para mi, bien lo sé, y a pesar de ello no importa el escarnio que provoquen en mi, en el ánimo, en la misma y temporal carne que me cubre… no importa. Nunca importará más que lo realmente importante.

 

Noche-Aroma

Del “amor frío” (¿recuerdas eso?) siempre reniego de su existencia mediante el aroma del café que ha inundado mi casa por las noches, los días grises. Has llenado este sitio de café, del aroma de nuestras charlas, de nuestras partidas, de nuestras miradas perdidas en un pensamiento indefinido. Del aroma obsoluto que nunca más tendrá otro significado que el de tu rostro llegando por la noche, con esa sonrisa que permanece en los momentos en que más te necesito.

Tus blancas manos

Me has descubierto a veces

mirando tus blancas manos,

manos que escriben,

que moldean al mundo

en esa forma perfecta…


La puerta

Aquella noche el sobresalto terminó por despertarme. Quizás de una manera inconciente advertí que hubo un apagón pues las lámparas de exterior que llegaban a iluminar los perfiles de los árboles del jardín estaban apagadas. Pensé que la ausencia total de luz se filtró, por decirlo de algún modo, a través de mis párpados cerrados. Intenté dormir. Las cobijas se tornaron una masa asfixiante que me impedían, además de respirar, tener los brazos libres; el continuo roce de estas con mi cara, orejas, brazos terminó por causar un molesto bochorno que, sin embargo, no compensaba el frío que hacía en mi cuarto, el cual siempre fue de temperaturas casi gélidas aún en aquellos días estivales. Tuve la idea de ponerme el suéter que siempre dejo junto a mi cuando duermo. Ese viejo suéter gris que es más una maraña de hilachos con magas y que permanece conmigo casi como una tradición y, como toda tradición, lo conservo más por cariño que por utilidad. Para hacerlo no encontré más remedio que levantarme de la cama y por reflejo accionar el interruptor de luz, olvidando por completo la ausencia de energía. No sé si vestí el suéter de la forma correcta, tanto por la falta de luz como por la ausencia de una marca reconocible que me indicara que el frente de la prenda en efecto estuviese cubriendo mi pecho. Ignorando tal convencionalismo tomé rumbo a la cocina con uno de mis brazos extendidos en dirección de mis pasos para evitar alguna colisión no advertida, pero lo que más me preocupaba eran esos objetos que permanecen al acecho para causar un severo dolor en alguno de los frágiles dedos de los pies. Sin contratiempos, creyendo yo que debido a mi astucia, precaución o suerte; llegué a la cocina para tomar un poco de agua. De la jarra que habitualmente conservaba el mínimo necesario para llenar un vaso no obtuve ni una gota. De haber estado acompañado, y con la luz suficiente, seguramente me habrían notado arqueando las cejas en señal de contrariedad por es pequeña tragedia. Pensé entonces en una fuente confiable, el garrafón de vidrio. Recorrí, más bien arrastré, algunos pasos en su búsqueda. Al llegar al garrafón lo tomé por el cuello exigiendo (¿por qué se habría de tomar por el cuello sino es para exigir?) sólo agua. Más fue inútil pues tampoco obtuve lo que quería. Por un segundo pensé que era lo mejor pues en mis manos no tenía un vaso que contuviera el agua y agradecí no haber causado más que un desperdicio que hubiese partido de un absurdo.

Consideré tomar agua directo de la llave pero temí que alguna bacteria hubiera desarrollado una defensa para resistir los efectos del cloro. Desistí de la idea; la de tomar agua, no de la referente a la bacteria.

Pensé en fumar para paliar la frustración sin embargo no sabía entonces donde estaban los cigarros y ni hablar del encendedor, cuya fidelidad era cuestionable en los momentos más necesarios, además, argumenté más como consuelo, fumar me provocaría más sed de la que ya padecía.

Sin opciones a la mano, ni a la vista, decidí que lo mejor era regresar a la cama para dormir mis breves derrotas. Antes de emprender el peligroso camino de regreso a mi cuarto noté que llevaba más de diez minutos parado en el mismo lugar, mascullando mis tristezas, me percaté de ello por el hecho de que mis brazos comenzaron a sentir el frío que penetraba el anémico tejido de mi suéter gris. Caminé de regreso tal como lo haría como quien mide una distancia con el compás de sus piernas, tentando, calculando los objetos, que no lograba ver, frente a mi. Nuevamente salí ileso del trayecto. Una de mis rodillas sintió el borde de la cama. Me recosté, cobijé mi cuerpo, suspiré, cerré los ojos…

Abrí los ojos nuevamente por el sobresalto, esta vez lograron ver a pesar de la ausencia de luz. Entonces quise gritar sin lograrlo, quise arrancarme los ojos para dejar de ver que la puerta de mi cuarto siempre permaneció cerrada.

Silencio

Silencio, la sombra de la inexistencia, silencio que lleva por máscara la celda, la condena, la persecución, la muerte. No hará falta más que un murmullo atorrante para que el silencio se confirme como tormento. Silencio, opresor como la soledad.

Aliena.

Silencio-avispa.

Silencio-disparo.

Silencio-locura.

Silencio-mirada perdida.

Silencio.

Nocturna

El diablo no condena ni incinera
son tus sueños los demonios;
el dios que te ama, te desea,
te posee en secreto por las noches.