Presagios
Casi todo cuanto ha acontecido parece ser el resultado de un presagio anunciado, cuando se mira desde la cómoda silla de la retrospectiva. Yo
Ese niño tonto, crédulo, que perdía las tardes del verano construyendo torres de lodo en la jardinera, silenciando todo el pequeño mundo con el ruido del agua al caer de la llave. Absorto en sí mismo, en las hormigas ahogándose.
Luego, de noche, gritos, gritos, esos mismos ojos mirándo una mano de mujer tomándo el revólver del ropero, la noche sin luz, la luna entrando por la ventana de un cuarto oscurecido.
Gritos, gritos.
El milagro
Miraba sus párpados cerrados tratando de sondear las profundidades de sus sueños que se entretejían en el éter de la noche calurosa. La sábana era una escama que dibujaba con fidelidad las formas de ese cuerpo en reposo y absoluta indefensión; los brazos por el costado de la cabeza, una rodilla flexionada, las caderas encerrando el vientre perfecto.
El hambre estaba fuera de todo lugar en esa ocasión, no era eso, pero dolía con la misma certeza de saberse hambriento ante aquél cuerpo sin dueño que fingía una clase de muerte que tiene por remedio el alba. No era hambre pero el deseo era casi el mismo. Las ventanas abiertas dejaban penetrar el viento que la noche enfriaba entre aullidos de perros igualmente asustados que los ojos que escrutaban el objeto del misterio encarnado. Entendió algún tipo de divinidad en aquella figura de la que emanaban evangelios escritos en piel morena, manifestaciones de milagros a cada latir de esa vena del cuello que además incitaba a la plegaria desesperada por saber la naturaleza del dolor. La soledad, que hasta entonces era el farol de sus noches, parecían tan inútil ahora e intentó liberarse de su mente muerta con ayuda del ahogo en su garganta, más no pudo que sentir la rabia e impotencia de no saber cómo explicar que eso no era hambre y justificar que aquel pecho siguiera palpitando en contra de sus propios instintos.
Los ojos dormidos debajo de la finura del párpado seguían soñando con la vida en un día radiante sin saber que la absoluta obscuridad cernía a poca distancia.
Se atrevió a tomar su mano lánguida, acarició sus dedos formando círculos infinitos sobre el dorso de la palma, dejó que la tibieza de su sangre calentase su propia mano. Uno a uno besó la yemas de sus dedos e hizo que sus uñas acariciasen su rostro plagado de gestos de dolor. Aquella experiencia nutría algún órgano oxidado en su interior, sin darse cuenta que la necesidad de alimentarse desapareció como un mal recuerdo de alguna vida pasada que fue forjada por la pobreza y el miedo constante.
Tampoco se dio cuenta que el amanecer comenzaba su irrefrenable marcha para emancipar a los vivos y devolver a los muertos a donde pertenecen, no le importó más nada, aunque quizás lamentó no tener una oportunidad más de fugarse de la noche y volver a venerar a aquella deidad que concedía el milagro de alumbrar un corazón ensombrecido por el velo de un alma enferma de muerte.
Del sueño
Lo malo de tener el sueño descompuesto es no saber dónde terminan los límites a ciertas actividades, hace rato sin darme cuenta caí dormido en el metro; quizás por terminar fastidiado de ver los mismo de siempre en los mismo colores a pesar del arcoiris de propagan política que inunda a los vagones. A veces me imagino que días así son una especia de typo en el que una letra no termina de encajar en cierta palabreja dominguera.
Encontré un periódico mural, cosa rara en estos tiempos de inmediatez, cuatro o cinco columnas, no recuerdo, papel amarillento a semejanza de un diario viejo embodegado. Del texto tampoco recuerdo, sólo fue la intentona informativa que me llamó la atención. Otra cosa fue el ver, o creer que ví, a la mayoría de los viajantes callejeros poco acompañados, inmersos dentro de sus párpados, poco parlachines, incluso aquellos que nada más verlos se les imagina escandalosos. Quién sabe si aquello era más una proyección propia que una realidad.
Me siento demasiado fuera de lugar, tiempo y circunstancia. Que hueva.
Anoché soñe y ya no recuerdo qué fue.
Escribano
Aquello era una mezcla entre incredulidad y tristeza; extraer savia de esa vieja cinta casi transparente parecía un acto heroico más de la vieja Olivetti Lettera que rengueaba a cada tecla aplastada.
Esta vez la fórmula de la carta por encargo comenzaba con un saludo que trataba de disimular la desesperación que dominaba al viejo enamorado que hacía las veces de cliente:
“Querida mía:“, comenzaba la misiva que pronto sería más un formato a recurrir en el futuro del esforzado escribano que ofrecía sus servicios en el portal.
Las letras “a”, “e”, “o” eran las más gastadas de todas, de ellas sólo quedaba la cicatriz surcada en la tecla negra, por el contrario las menos usadas eran las de siempre: las de puntuación, símbolos y números, teclas casi intactas pues la gente rehuye a comunicar números o exclamaciones en sus cartas ya que lo importante de estas son los párrafos continuos que engatusen al despechado o a la traicionada que en la lejanía estruja el papel hasta reducirlo a una rosa blanca, mortuoria y marchita.
“Esta hoja asemeja el silencio en que me tienes…“, escribe el aguerrido tecleador quien trata de impresionar al decaído parroquiano y tal vez así obtener una propina adicional al trabajo que ese día, como en los pasados, escasea ante la insensatez de los solitarios que creen en la suficiencia de sus recursos sociales. Más aquello también es heroico pues aludir al silencio en un corredor donde reina el traqueteo de decenas de mecanismos que trabajan arritmicamente con el único afán de hacer saber a los que están lejos de ahí, no es cosa fácil. Sin mencionar el olor a mercado y mugre que se impregna en el portal, o el escándalo del tañer de las campanas, del mendigo solicito de limosna, las distracciones son muchas, a pesar de ello, el escribano componía la mejor prosa existente en un ambiente donde lo único constante era el caos.
“Si tu quieres…“.
“Es importante hacer saber que siempre hay libertad de decisión“, recomienda el sabio palabrero, quien a la postre de la frase enciende un Delicado con toda la paciencia de la que su cliente carece.
Todo ahí es viejo, hasta la forma de encender un cigarro y de fumarlo. Primero que nada se trata de encender un cerillo hasta el tercer intento, no menos, luego concentrarse en que el cigarro encienda por el extremo, todo él; agitar el brazo con fuerza para apagar el peligro incendiario y enseguida dar dos bocanadas espesas que raspen al ingenio.
“Te lo dejo a tu albedrío…“.
“Igualmente imperante es usar palabras que pocos usen o conozcan“, recomienda el escribano con un tono solemne que usa cualquiera que finge ser docto en alguna materia y continúa su labor de convencimiento al asegurar que: “Así el destinatario preguntará qué significa esa palabra y los demás dirán que es usted un buen partido, ilustrado e interesante“.
Nadie sabe de dónde sale la tinta de aquella máquina, ni cómo es que no se desintegra por los fieros embates del anacrónico artesano.
Punto final, vuelta de carro, sacar la hoja, soplarla y revisar minuciosamente como si examinase la autenticidad de un centenario; ojos a media asta, comisuras de la boca por lo bajo, una cara deforme que comunica compromiso con el trabajo recién hecho. Entrega la hoja por los bordes como si de una fotografía recién lacada tratase mientras es recibida por el cliente con el mismo cuidado con el que transfiere de brazos a un recién nacido.
Se paga lo pactado más una retribución al esfuerzo extra invertido.
El escribano rebobina la cinta que es casi transparente hasta el inicio. Limpia con un paño mugroso la superficie de su máquina como si esta acabase de arar un campo seco y polvoso. Enciende con la misma ceremonia otro Delicado. Se recarga en su silla, entrecruza los dedos de sus manos y exhala con suma satisfacción a la vez que espera que la silla frente a su máquina sea ocupada por alguien que no sepa como decir lo que en Santo Domingo se dice a diario.
Del mar
Se perdió en el mar y no encontraron su cuerpo. Desde jóven salía por meses enteros a alta mar a pescar lo suficiente para poder descansar el resto del año y hacer lo que más le gustaba y era precisamente contemplar el mar como si anhelara embarcarse de nueva cuenta. En tierra era como un ave, lerdo y concienzudo en sus tareas, cuidadoso en el andar, dedicado a los detalles, como temiendo equivocarse a cada momento. En el mar era todo lo contrario;lleno de fuerza y agilidad que desmotraba dando alze a las redes que debían ser levantadas una vez que estuviesen llenas de peces, controlar la nave si está perdía posición, saber descansar en medio de tormentas y noches de tedio.
En tierra acostumbraba llenar cuadernos de lo que vivía en el mar. Contaba historias sobre la inmensidad de un cielo que a veces se trasformaba en otro océano y de él caía toda el agua del mundo, azontando el pequeño navío. “Entre dos mares”, así comenzaba sus bitácoras, “Entre dos mares un hombre simple, sin más aspiraciones que las de sentir esa fuerza invisible en la planta de mis pies desnudos, dejando que el salobre aire queme esta piel desnuda, comiendo del sol, bebiendo de este aire tan puro”.
Previo acontecer
-Pensaba que era un buen plan -dijo mientras se mecía sobre la banca de metal de aquel parque que comenzaba a inundarse de neblina. Una banca compatida, una pareja indiferente y él-, crecer, hacer lo que todos. Tener fé en algo, pensar en la noches cansadas, en las mañanas llenas de energía y entusiasmo.
En poco, las aves retomaban el vuelo de regreso a los árboles en rededor. El trinar, escándaloso, confundía las pocas ideas que rondaban en su mente. La tarde moría en la noche.
-Creía… tantas cosas. Un mundo idealizado en la sencillez del deseo; fumar, beber, leer, tener, querer, todo en presente absoluto. El tiempo pasó como siempre lo hace, frente a nosotros, burlándose de nuestras pequeñas tragedias; perenne e intangible a cualquier intento de sujetarlo en nuestras manos resbalosas de sudor, sangre, saliva -los pájaros ya anidados revolotearon un momento con el último enunciado-. Imposible, nunca se ha hecho.
Las luminarias eléctricas se encendieron, los últimos paseantes comenzaban a abandonar el parque, el cierre de las ocho se aproximaba.
-Antes de todo esta… realidad, existía mi encarnación andante de lo que siempre desee, más luego, nada, un poco de sombras de vez en cuando, compañia como la de ustedes, pero nada al final.
Aquella pareja de indiferentes sólo se levantó. La vieja ánima se diluyó en cuanto la cerca del parque fue cerrada con candado.
Madre
La recuerdo bajándo un higo, el mejor de todos. Negro, del tamaño de un puño de adulto. Yo, sentado en la tierra, esperando el ansiado dulce.
Sin embargo lo partió a la mitad, y desmenuzándolo en trozitos pequeños fue regalado a las aves.
Enseguida subí como pude a la higuera, dos raspones por intento. Tomé el mejor higo de todos. Pequeño pero maduro como su hermano muerto. Lo abrí a la mitad y en pequeños trozos fue dado a las aves.
Desde entonces aprendí a dar.
Los posos del café
Mientras la luz plateada de aquella mañana atravesaba el follaje de los árboles, desprendiendo un resplandor de un verde intenso, el café estaba servido en la pequeña mesita de aquél viejo y modesto local.
Las ventanas con marco de madera corroída por el tiempo, la puertita donde apenas alguien podía entrar, las sillas tambaleantes ante el peso de una pluma, el piso cuarteado, pocos, poquísimos parroquianos, y sin embargo aquello parecía perfecto.
-Piensa en algo, lo que sea que quieras. Si quieres que sea algo tonto igual vale. Concéntrate, pero no como si memorizaras, sino como si quisieras que aquello que deseas se materializara de la nada.
-¿Como un deseo? -preguntó ella para luego soplar con esos labios de enigma-.
-hmm, si, como un deseo, menos cursi, pero tómalo más como una certeza, como si supieras que lo que estás pensando va a ocurrir de verdad.
Ella tomó su café en silencio. Saboreando como nunca, mirando alrededor lo poco que había, casi indiferente a todo. Cuando terminó, él tomó su taza, y la volteó por unos segundos.
-¿Leerás los granos?
-Leeré lo que quieres -respondió.
Él miró. Hizo gestos de erudito. Gruño dos veces. Levantó la vista y la miró de esa forma tan particular.
-¿Y bien? ¿Qué dicen?
-¡Ja!, es extraño, lo que dicen no lo entiendo pero sé lo que dicen, es extraño -repitió-.
-¿Tu crees?, a lo mejor sólo dicen lo que tenían que decir y ya. Por cierto: ¿puedes traer unos cigarros?.
-Si, eso es -dijo más para sí mismo. Se lavantó y salió por la pequeña puerta. Ya no regresó.
Ella pidió una nueva taza de café y esta vez la disfrutó como nunca en la vida.










