Llevando el cuerpo
Me espanto sentir su cuerpo tan rígido, sus brazos no se movieron cuando lo volteamos boca arriba. Su cara llena de tierra seca metida en sus arrugas le hacía parecer dormido o borracho como algunas veces lo había visto. Pero su brazos, no caían como cuando uno voltea a un borracho para que no se ahogue. No, papá no estaba borracho, estaba bien muerto. Lo habían matado los soldados, decían sin saber o decían lo que oían los demás hombres que iban llegando poco a poco a la siembra para ver que había pasado.
Mi papá fue uno de los muertos, había más, muchachos, señoras, caballos, bueyes, todos muertos. Matados decían las viejitas que alcanzaban a llegar de última hora, fueron matados por los pelones desgraciados malnacidos, para luego ahogar sus palabras en un llanto silencioso por algo que ya habían visto cientos de veces. Las veía realmente aflijidas por tanto muertito.
Las mujeres escogían a su muertos para llorarles ahí mismo y rezarles un rosario mientras alguién les ayudaba a llevarse al difunto a su propias casas. Mi hermano menor, Enrique, simplemente se acerco al cuerpo de papá y sin esperar ayuda lo agarro por debajo de los brazos y hacía el intento de levantarlo como si esperar que papá reaccionara y le ayudase con su propia fuerza. Pero no podía, era muy pequeño y con siete años poco podía hacer. Yo con doce años era de esperarse que hiciera lo debido así que me acerque a ayudar.
Tome su sombrero de palma que estaba cerca de su cabeza y me lo puse, le dije a Enrique que el cargara con los pies, yo con lo demás y así, más arrastrando que cargando, fue que pudimos llevarlo hasta la casa.
Cada quien llevaba a sus muertos en distintas direcciones, cada quien arrastraba sus dolores.
Nuestra madre no decía nada, en silencio acarreaba agua del pozo, cubo tras cubo como si fuera a regar sus plantitas como lo hacía cada noche. Al final vimos como enjuagaba un paño y comenzaba a limpiar el cuerpo de papá también en silencio. Le quitó la tierra de su cara primero, le dejo caer una jícara con agua en la cabeza, y vimos como el agua que caía al suelo era parda, mezcla de la tierra y la sangre seca que le escurria por la nariz. Luego le quitó la manta y los calzones y ahí estaba, mi padre matado por los pelones desgraciados.
Su cuerpo me pareció tan frágil entonces que me acerque a verlo, su piel blanca hacía contraste con la mugre que le cubría. Eramos güeros de rancho decían algunos habladores pero si, lo éramos.
Dí una vuelta completa al cadáver de mi padre que yacía sobre la mesa donde apenas ayer hablaba con nuestra madre acerca de la revolución. Ni te preocupes mujer, le decía, esos pelones andan buscando a la gavilla que se roba las vacas de la hacienda. Esos ni vienen pa’ca y si vienen pos les decimos que nosotros somos campesinos y ya.
Y no debieron creerle pues de su hombro izquierdo tenía un agujero por donde entró la bala y salía a la altura de su cadera. Un jinete fué el que se lo chingó, dijo mi madre mientras le pasaba el paño ya rojo. Un pinche jinete que segurito venía hasta la madre y sólo así se chingo a nuestro viejito.
Yo ní sabía nada de eso de la revolución pero decían que no hacía falta quedarse a ver que pasaba, que mejor valía irse al hoyo más profundo y esconderse ahí para luego salir y no irse al hoyo más somero y quedar ahí para siempre. Creo que eso debió hacer mi papá y los demás, pero seguro que los agarraron en plena labor cuando les cayeron. Ahí, todos regados como los olotes que se van cayendo del montón una vez desgranados.
Enrique estaba ahora sentado afuera, sobre una banca hecha con un viejo tocón apilado sobre dos piedras. Apoyaba su cabeza con sus pequeñas manos, mirando hacía el frente, hacía la nada. Me senté junto a él y me recargue en la pared, le veía desde su espalda pero el no se movía. Le empuje con mi cuerpo luego el volteó, alzó y bajó la cara en señal de pregunta. Me quedé mirándole, él esperaba una reacción mía pero sólo veía sus ojos que no me decían nada. Finalmente volvió su cabeza y permaneció como lo encontré por largo rato.
El día no terminaba. Era un día muy largo y evitaba a toda costa entrar a la casa, no quería hacerlo, sentía ahogarme ahí dentro. Sin que mi madre me lo ordenara atendí a los animales, que realmente eran unas cuantas gallinas y tres guajolotes flacos. Nada más. Barrí la entrada de hojitas que soltaban los pirules y les prendí fuego. Luego saqué agua del pozo y la regue sobre la entrada de la casa, para que no levantara polvo. No quería entrar a la casa y ni falta que hacía, no tenía hambre y la sed me la calme con la misma agua que usé para regar. No quería ver a mi padre de nuevo, no así como estaba y esperaba que algo pasara, que desapareciera, que se quemara como esas ojitas y que sólo quedara como un montón de cenizas que el viento se llevara después, bien lejos. Pero aunque eso pasara las cosas no cambiarían nada. Seguiría recordándolo más muerto que vivo.
El paisaje era distinto ese día. No se veía a ningún caballo, ni burro, ni mula, ni arriero, ni siquiera un triste perro andar en las veredas, todos los demás, como nosotros, estabamos atendiendo lo nuestro. Hasta ese momento me dí cuenta de que el campo es bello por sí sólo. La luz de la tarde caía sobre los viejos árboles muy crecidos a la orilla de la siembra, moviendo sus enormes ramas por el viento. El gorrión cantando mientras el halcón veía desde bien arriba alguna tuza que se asomaba de vez en cuando. El cielo bien azúl, como pocos días en esas tierras que regularmente le daban un tono amarillento por las polvaderas. Esa vez estaba azúl, tal vez por que no había quien removiera la tierra con bueyes y arados. Que bonito se veía aquello sin gente.
Al terminar la jornada del día, todavía quedaba tiempo para jugar un rato entre la tierra, el lodo, las milpas y lo poco que ahí había. Casi diario nos juntabamos los demás niños, Enrique y yo a jugar. Nuestros juegos eran simples como nuestras vidas: canicas, algún trompo que alguien tuviera, escondidas, acostarnos sobre la tierra y ver pasar las nubes. Por su puesto que si alguién había fabricado una resortera la cosa se ponía mucho más divertida al cazar pichones o, incluso, alguna liebre que anduviera perdida en el llano. Muchas veces eso me hacía feliz y no deseaba nada más.
Los domingos de misa no me gustaron nunca. Era muy aburrido y a veces temibles. Las cosas que ese señor de la iglesía decía a todos eran muy feas. Incluso los regañaba y ante ello me preguntaba: ¿Cómo es que nadie le dice algo a ese señor para que no grite como loco? eso me ofendía mucho y la vez en que le sugerí a mi madre que mientras ellos se iban a misa yo me quedara en la casa cuidando los animales me hizo desistir a base de un fuerte manotazo en la cabeza que me ardió por horas. Bueno, pensé, al menos el señor ese de la iglesia no pegaba, al menos no lo había visto hacerlo pero, por su carácter, me hacía suponer que sí.
Aunque la vida era simple entonces, había cosas que no entendía y me costaba mucho encontrar una respuesta. Cómo aquella sensación tan extraña que sentí cuando veía a Leticia, la niña que era hija de los Gonzáles. Era una niña morenita, pequeña de estatura a pesar de la misma edad que yo. Flaquita, le decían por que en realidad estaba flaca. Tenía unos ojos enormes, una nariz puntiaguda bien bonita, un cabello enmarañado y una cara afilada que contrastaba mucho con las facciones comunes de la gente de por ahí con sus caras redondas o chatas. Ella no, ella era bonita, así lo creía yo y por ello me ganaba las burlas de los demás niños que sabían que ella me gustaba. No me importaba que me vieran los demás alcanzarla para regalarle una chicharra recién atrapada y atada a una pata con un cordón a modo de papalote viviente, ni cuando me iba a sentar deliberadamente bajo el capulín que estaba fuera de su casa sólo para verla en medio del trajín de diario a travéz de la puerta y ventanas.
A veces no entendía por que su mirada se encontraba con la mía cuando nos veíamos casualmente, sosteniéndola por algunos segundos para luego voltearse precipitadamente y ocultar sus ojos en su cabello negro. A veces no entendía por que me enojaba con ella sin razón alguna, sin que ella propiciara nada, a veces quería no haberla conocido.
A Leticia le mataron un hermano, Leonardo o Nayo como le decíamos todos. Era mucho mayor que Leticia y un muchacho muy agradable, a todo le sonreía incluso si se trataba de cuando le reclamaban algún desmán estando borracho por que le gustaba mucho el aguamiel. Decían que por un viejo amor que perdió otros decían que nada más por el puro gusto. Lo cierto es que ese día Nayo ya no daría más alegrías, o molestías, a nadie más. Estaba bien muerto igual que mi padre pero incluso entre muertos había diferencias, la principal de ellas era en la forma de morir. A Nayo le volaron la cabeza con toda la saña, no le quedaba cara que se le pudiera reconocer pues decían que seguro fue una carabina Mausser a boca jarro.
Comenzé a caminar rumbo a la casa de Leticia, de pronto sentí la necesidad de saber de ella, de saber cómo estaba, de saber si era posible que llorara en mi su pena. Al llegar a su casa entré como si hubieran invitado, ví a la señora, Doña Estela, en la cocina. No quise acercarme a ella pues era bien conocido su mal carácter así que me escurrí entre sus árboles de zapote. Me quedé ahí un rato hasta que ví a Leticia salir de aquel cuarto de su casa en el que casí nunca entré pero que había visto y supuse que era donde tenían a Nayo.
Se sentó sobre un par de adobes apilados y comenzó a dibujar con una ramita seca sobre el suelo de tierra. La miré y me entristeció verla así, realmente no sabía como se sentía pero imaginaba que lo pasaba mal. En un momento en que Doña Estela se perdió de vista salí de mi escondite y me acerqué a Leticia. Ellá levanto su cara y al reconocerme volvió a lo suyo, cómo si una lagartija hubiera cruzado por ahí velozmente. Sin importarme la indiferencia me senté junto a ella, en la misma tierra. No dejaba de mirarle su cara, su cabello, siempre desordenado, le tapaba parte de sus ojos. Seguía dibujando en la tierra cosas sin formas mientras yo le miraba su brazos, sus manos, si cara, su piel morena, su nariz que tanto me gustaba. Quise tomarle la mano, abrazarla pero sentí miedo al ver que gordas lágrimas escurrían por su mejilla para caer a la tierra. Entonces me arrodillé frente a ella, frente a sus dibujos y le mire el rostro que no dejaba de ver a travéz de mi, como si no existiera y recordé sin querer a mi padre muerto, bien muerto sobre la mesa allá en la casa. Frio y tieso como lo estaba Nayo en ese momento, mi vista comenzó a nublarse de pronto sin que yo quisiera y de pronto sentí como Leticia caía de rodillas frente a mi mientras profundos sollozos salían de su pecho. Supe entonces que nos habían arrancado a puro fuego cosas que ambos compartíamos en silencio y era el amor por los nuestros, luego, ya sin pudor, sentí mi cara contraerse y comenzé a llorar como nunca lo había hecho, ahí frente Leticia, sentí que me deshacía por dentro, que mis pulmones simplemente estallarían. Sentí entonces un par de brazos sobre mis hombros y su pequeña cabeza en mi pecho y sus lágrimas caer sobre mis rodillas. Su olor distrajo mi pena, su cabello era la trampa que buscaba la liebre en busca de refugio, sus brazos sobre mi eran las bridas sobre el animal más bronco.
Leticia, después de un rato, me soltó, se limpio las lágrimas y me miró como siempre lo hacía, con una mirada indescifrable que lanzaba desde esos negros y enormes ojos. Volteó su cabeza como siempre hacía otro lado.
Sentí un profundo dolor dentro de mí, sentí una profunda desesperación y unas ganas de salir corriendo de ahí, no lo hice, me quedé junto a Leticia un momento más mientras le miraba a su cara y me prometía dentro de mi que esos ojos nunca volverían a llorar ni a quitarme la vista de encima nunca más.
Me levanté lentamente y noté cómo Leticia me miraba nuevamente, ya de pie la observé y dí media vuelta y salí de su casa sin prisa rumbo a la mía.
En el camino de regresé recordé lo que ahí me esperaba. Al llegar noté una mula cargando un cajón de madera para mi padre. No sé quien lo llevaba ni de dónde sacó mi madre el dinero para comparlo. Lo que si sabía es que aún había mucho que hacer.
Mi madre estaba dentro de la casa y cuando entré me lanzó una mirada repobadora pero no me importó. Miré nuevamente a mi padre quien ahora vestía su saco negro, el cual ya era gris de tantos domigos en misa, y su pantalon color café, el único pantalón que tenía. Además una banda que le recorría la moyera y le pasaba por debajo de la quijada, para que su boca no se abriera. Algodones dentro de la nariz y los oidos, luego supé, no sé cómo, para que la sangre no escurriera. Olía raro, a una especia de resina, como el ocote que escurre de los pinos cuando hace calor. Su cara le brillaba de una forma extraña, como su sudara pero así mismo estaba seca.
La mesa estaba ahora rodeada de veladoras, nunca la había visto tan iluminada ni siquiera cuando era de día y la ventana estaba abierta. Se veía bonito y veía a mi padre tranquilo, como si durmiera un profundo sueño donde el maíz que sembraba tenía granos enormes y bien amarillos, crecidos de la tierra más negra jamás vista, donde llovía al día siguiente de haber sembrado.
Afuera el día terminaba, poco a poco las llamas de las veladoras era lo único que se movían en la oscuridad, eso y los dedos de mi madre que recorrían el rosario en silenciosas plegarias. Enrique estaba sentado en esa vieja silla mirándo a mi padre de la misma forma en que miraba a la nada por la tarde. Mé senté junto a él y me dijo en voz muy baja: mañana en la mañana lo enterramos.
Morfo











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