Claudia
Sería una niña demoníaca para siempre.
Empezó a hablar más, aunque jamás dejo ser una persona reflexiva, y podía escucharme durante horas sin interrupción. Sin embargo, más y mas su cara de muñeca parecío poseer dos ojos absolutamente adultos; y la inociencia pareció perderse de algun modo en muñecas olvidadas, y la pérdida de una cierta paciencia. Habia algo fatalmente sensual en ella cuando se tiraba en el sofá con un camisón pequeñito de lazo y perlas; se convirtió en una seductora fantasmal y poderosa.; su voz se volvió más cristalina y dulce que nunca; aunque tenía una resonancia que era de mujer, una agudeza que a veces impresionaba.
[...]
Decía que no había libros en la casa, que debíamos conseguir más aunque tuvieramos que robarlos: y luego, friamente, me habló de una librería que habia oído hablar, en una mansión palaciega en el Faubourg Sainte-Marie. Allí había una mujer que coleccionaba libros como si fueran piedras o mariposas disecadas. Me preguntaba si yo me podía meter en el dormitorio de la mujer.
Me quedaba estupefacto en esas ocasiones; su mente era imprevisible, desconocida. Pero luego se sentaba en mis rodillas y me acariciaba el pelo suavemente, susurrándome al oído que yo nunca iba a crecer como ella, hasta que supiera que matar era lo más serio del mundo, no los libros ni la música…
Anne Rice










