La puerta

by Morfo

Aquella noche el sobresalto terminó por despertarme. Quizás de una manera inconciente advertí que hubo un apagón pues las lámparas de exterior que llegaban a iluminar los perfiles de los árboles del jardín estaban apagadas. Pensé que la ausencia total de luz se filtró, por decirlo de algún modo, a través de mis párpados cerrados. Intenté dormir. Las cobijas se tornaron una masa asfixiante que me impedían, además de respirar, tener los brazos libres; el continuo roce de estas con mi cara, orejas, brazos terminó por causar un molesto bochorno que, sin embargo, no compensaba el frío que hacía en mi cuarto, el cual siempre fue de temperaturas casi gélidas aún en aquellos días estivales. Tuve la idea de ponerme el suéter que siempre dejo junto a mi cuando duermo. Ese viejo suéter gris que es más una maraña de hilachos con magas y que permanece conmigo casi como una tradición y, como toda tradición, lo conservo más por cariño que por utilidad. Para hacerlo no encontré más remedio que levantarme de la cama y por reflejo accionar el interruptor de luz, olvidando por completo la ausencia de energía. No sé si vestí el suéter de la forma correcta, tanto por la falta de luz como por la ausencia de una marca reconocible que me indicara que el frente de la prenda en efecto estuviese cubriendo mi pecho. Ignorando tal convencionalismo tomé rumbo a la cocina con uno de mis brazos extendidos en dirección de mis pasos para evitar alguna colisión no advertida, pero lo que más me preocupaba eran esos objetos que permanecen al acecho para causar un severo dolor en alguno de los frágiles dedos de los pies. Sin contratiempos, creyendo yo que debido a mi astucia, precaución o suerte; llegué a la cocina para tomar un poco de agua. De la jarra que habitualmente conservaba el mínimo necesario para llenar un vaso no obtuve ni una gota. De haber estado acompañado, y con la luz suficiente, seguramente me habrían notado arqueando las cejas en señal de contrariedad por es pequeña tragedia. Pensé entonces en una fuente confiable, el garrafón de vidrio. Recorrí, más bien arrastré, algunos pasos en su búsqueda. Al llegar al garrafón lo tomé por el cuello exigiendo (¿por qué se habría de tomar por el cuello sino es para exigir?) sólo agua. Más fue inútil pues tampoco obtuve lo que quería. Por un segundo pensé que era lo mejor pues en mis manos no tenía un vaso que contuviera el agua y agradecí no haber causado más que un desperdicio que hubiese partido de un absurdo.

Consideré tomar agua directo de la llave pero temí que alguna bacteria hubiera desarrollado una defensa para resistir los efectos del cloro. Desistí de la idea; la de tomar agua, no de la referente a la bacteria.

Pensé en fumar para paliar la frustración sin embargo no sabía entonces donde estaban los cigarros y ni hablar del encendedor, cuya fidelidad era cuestionable en los momentos más necesarios, además, argumenté más como consuelo, fumar me provocaría más sed de la que ya padecía.

Sin opciones a la mano, ni a la vista, decidí que lo mejor era regresar a la cama para dormir mis breves derrotas. Antes de emprender el peligroso camino de regreso a mi cuarto noté que llevaba más de diez minutos parado en el mismo lugar, mascullando mis tristezas, me percaté de ello por el hecho de que mis brazos comenzaron a sentir el frío que penetraba el anémico tejido de mi suéter gris. Caminé de regreso tal como lo haría como quien mide una distancia con el compás de sus piernas, tentando, calculando los objetos, que no lograba ver, frente a mi. Nuevamente salí ileso del trayecto. Una de mis rodillas sintió el borde de la cama. Me recosté, cobijé mi cuerpo, suspiré, cerré los ojos…

Abrí los ojos nuevamente por el sobresalto, esta vez lograron ver a pesar de la ausencia de luz. Entonces quise gritar sin lograrlo, quise arrancarme los ojos para dejar de ver que la puerta de mi cuarto siempre permaneció cerrada.