La tumba del pardo

El blog donde Morfo amontona sus apuntes y otros huesos

De Marx a Dylan en un sorbo…

En alguna parte, escondido, permanece oculto cierto manifiesto al que se le niega ser leído, releído, desechado o transformado; acercaría tanto a aquellos que mantienen diferencias las cuales, bajo esa retina artificial creada por el dogma o el ideal, serían menos obvias. Quizás el fantasma que antes recorría al mundo hace mucho tiempo, cuando aún no aprendía a hablar con el ser que se ha ido construyendo-destruyendo, ahora nos recorre a cada uno de nosotros, con más o menos intensidad, o bien, prestándole más o menos atención.

Es posible que Dylan esté enterado que los tiempos han dejado de cambiar, que estos simplemente recorren un cauce circular, horadando el terreno donde estamos para luego aferrarnos a la ribera con todo lo posible para no caer en la corriente la cual, inevitablemente, nos arrastra. Es esa capacidad para no caer lo que ha cambiado en nosotros, algunos, todos, muchos, no lo sé. Los tiempos no cambian, nosotros estamos en el proceso de hacerlo.

Agua

Nunca vimos sino tardes plomizas,

noches clandestinas,

la encarnación de nuestras letras

más ansiosas.

Hoy veo, ante este amanecer agonizante,

un mundo despoblado de interés;

objetos caminantes,

las esquinas transparentes,

sanciones postergadas,

las riñas, debatientes…

me parecen tan pueriles.

Y no hay escarnio,

tan sólo es

la fuerza del agua

recuperando

sus viejos causes

abandonados.

Ceguera

A esta hora me encontré mirándote a los ojos;
sobre ellos se estrellaban las palabras,
lágrimas de cristales cayeron cortando la carne,
luego dormiste
quedándome ciego,
maldito.

El cometa

—¿Tuviste miedo?—preguntó ella mientras recargaba su frente sobre la palma de su mano.

­—No, no hubo tiempo para eso, es decir: el miedo habría sido cómodo, pasé de la sorpresa al terror como si alguien encendiera la luz dentro de una habitación llena de espantos estando en mitad de ella.

­—Sí, puede ser, pero ¿cuál era el miedo? ¿a sobrevivir o a no hacerlo?

—Tu voz, tu voz es consuelo aún cuando tus preguntas son duras como la roca de esta caverna.

—¿Debo dar gracias?

—Nunca. No me creerás, pues he sido emisario del error durante toda mi vida, y no querrás escuchar de mi aquello que será manifiesto en la realidad; que eso que te atormenta se alejará cada vez más como el cometa que estuvo a punto de extinguirnos, el que se vislumbraba como el motivo de nuestra desesperación para luego irse en silencio, tan efímero como cuando llegaba.

—¿Y qué quedará después de eso?

—Lo mismo que en este momento. Sólo nosotros y lo que nos rodea.

El simple canto de nuestros pasos

“Vos sabés”

Y vos debiste tomarme de la mano, venciendo con tu llamado mi cobardía natural a las cosas bellas.

Por el asfalto de piel rugosa y quemada, por la banqueta con su carpeta de hojarasca, cadáveres de ramas momificadas, por el empedrado burbujeante de esa tierra que tanto odias. Incluso, estando sentados, afuera de la cantina deshabitada de extraños y conocidos, también andábamos al paso de nuestras palabras y discusiones. Igualmente corrimos en cuanto desciframos el significado de nuestras miradas.

Cada paso formando un eco melodioso sobre la pétrea atmósfera de ventanas sin luz, de puertas y comercios cerrados; el paso esperaba, sereno, la breve pausa de un beso cruzando una avenida.

Para mirarte mejor

Aunque te aceche con las mismas ansias, rondando siempre tu esquina, hoy no podríamos reconocernos como antes. Tú ya no usas esa capita roja que causaba revuelos cuando pasabas por la feria del Parque Forestal, hojeando libros o admirando cuadros, y yo no me atrevo ni a sonreírte, con esta boca desdentada.

Luis Armando Epple

Pero no

Comandanta

Comenzar a describir todo lo que pasa, usando las palabras correctas no sería más que una pretensión de la que, aún yo, soy incapaz de cometer. Me perdonarás que de lo mucho de lo hablado poco haya quedado en la copa de mis manos, quizás lo mismo que queda luego de un padrenuestro en cualquier misa de domingo. Y no me malinterpretes pues sé bien de las carencias que padezco al momento de tratar de explicarme o, quizás, justificarme. El asunto que quiero decir lo mejor posible, es que de lo dicho todo ha sido adoptado como es debido, pero de ello algunas son las palabras que ahora me hormiguean el cerebro, como otras tantas cosas que rondan. “Toma el fusil”, “El hombre nuevo”, además de la necesaria labor revisionista por la historia debajo de la identidad.

Tú, mejor que nadie, me vas perdonar el estornudo existencial ya que de lo dicho, también ha quedado claro que no siempre somos resultado de la dialéctica, sino un primitivo error que deviene en temores hasta infantiles, temores que son parte de la mochila vetusta y raída que seguimos metiendo, ocultando, dentro de nuevas mochilas.

Es evidente que comienzan a escasear las fórmulas retóricas para evadir todo aquello que viene ineludible y que, como se ha escrito-leído, lo correspondiente es “Desaparecer, sin madrugadas chuecas” o todo lo contrario.

Es tremenda la habilidad que se descubre para llegar al estado dual donde uno se oculta de lo que, por otra parte, busca. Algo como un enfermizo ouroboros que consume las manos, la fuerza, el tiempo, las personas, las palabras, las esperanzas…

¿Qué es todo esto? ¿Qué compone la materia de todo aquello que pesa sin existir?

La carta perdida I

Le había disparado, usted debe saber cómo es; técnicamente fue sencillo: revisas que el cargador tenga al menos una bala, lo insertas en el culo de los pistola, tiras de la corredera para que la bala suba a la recámara del cañón (y a la vez tiré atrás el martillo percutor), quitas el seguro, apuntas y jalas del gatillo. Lo que no fue fácil fue lo siguiente.
No sabía si había atinado al cuerpo, no había herida visible aunque debió de existir pues su cuerpo ya estaba en el suelo, por los movimientos lentos de sus extremidades supuse que estaba muriendo. La razón de mi acto fue esa carta que ahora yace junto a su cuerpo.
Al ver el sobre lo abrí sin más, de lo que leí en la carta surgió un mareo indescriptible, ese que llega desde tu estómago cuando estás a punto del desmayo, pero no hubo tal cosa; las piernas tiemblan, las manos también, la respiración se agita. Lo de siempre, supongo, lo de siempre.

“¿Quién putas…?” fue la pregunta que le hice y de la que no espere respuesta. Mientras caminaba en busca del arma le escuchaba decir algo sobre malentendidos, confusiones y demás súplicas que, ahora sé, las dijo. Pero yo no escuchaba, no en el sentido propio de la palabra, eran como susurros en oídos sordos, igual de sordo que el sonido de un disparo en un lugar cerrado.

¿Qué si estaba fuera de mí? Desde luego que lo estaba. Le había disparado, y eso fue todo.

Y no señor, en esos momentos no se me ocurrió ver el sobre y darme cuenta que el destinatario de la carta vive en la casa de a lado.

Mi mirada

Me observo
resaltando mis ojeras,
por encima de ellas,
la mirada cansada,
expectante
a la vez que dispersa,
desinteresada,
hambrienta.

Por momentos
ilusionada,
a veces esperanzada,
pero casi todo el tiempo
ingenua,
absurdamente cautiva
por sueños
que mueren,
por realidades
que crecen.