La cena
Todavía no habían llegado los primeros platos, y Lib y yo ya estábamos medio borrachos. Ella era mejor con la gente que yo; al menos tenía paciencia para escuchar. Yo me limitaba a quedarme ahí, observando, preguntándome por qué yo no sentía el impulso irrefrenable de contarle a todo el mundo cuántos canales de TV tenía en casa, cuántos cajones tenía mi congelador, cuántas capas tenía el papel con el que me limpiaba el culo.
No tenía televisión por cable, mi congelador siempre había estado vacío, y normalmente me limpiaba el culo con los análisis funcionales de Monchito.
Volar
…En el ascensor nos besamos delicadamente. Cuando se abrieron las puertas, saqué las llaves de mi bolsillo. Mi perro, Satán, reconoció el tintineo y empezó a ladrar. Al abrir la puerta de mi apartamento, cuarenta kilos de negra lealtad con forma de pastor belga se me echaron encima. Le dejé lamerme la cara, y acto seguido saludó a Lib sin dejar de mover el rabo.
-Espérame en mi cuarto, si quieres -le dije a ella.
Fui a la cocina, le puse a Satán su comida y saqué dos cervezas de la nevera.
Entré a mi cuarto. Lib estaba tumbada en mi cama, fumando marihuana. Yo no podía abusar de la hierba. Me fumaba medio de esos y me pasaba tres días mezclando Java con C. Bueno, aún era sábado.
Me tumbé a su lado y me agarré a ella.
-¿Estás bien? -preguntó.
-Sí, ahora sí. Pero el trabajo, la gente… no se. Estoy harto de todo.
-¿Y qué quieres en realidad?
-No estoy seguro. Quiero volar por encima de todo esto.
-Volar. ¿Volar a dónde? ¿Qué quieres encontrar?
-Aún no lo se. Pero al menos quiero tener la oportunidad de salir a buscarlo. Me siento encerrado. Tengo la amarga sensación de estar desperdiciando mi tiempo.
-¿Y si no hay nada más?
-Si no hay nada más, volveré. Pero tengo que comprobarlo.
-¿Tienes algún plan?
-Más o menos. He ahorrado algún dinero. Lo justo para coger un avión y empezar de nuevo en alguna parte. Quiero viajar, trabajar aquí y allí, ver el mundo…
-Me recuerdas al poema de Sabines. Los amorosos siempre se están yendo, siempre, hacia alguna parte… Los amorosos son locos, sólo locos, sin dios y sin diablo… juegan a coger el agua, a tatuar el humo…
Me encantaba aquel poema.
-Puede que yo sólo sea un romántico. Pero no entiendo otra forma de vida.
-Llévame contigo -me dijo.
Bebimos, charlamos, nos besamos, reímos describiendo sueños que quizás estuvieran al alcance de nuestra mano.
-Tenemos que ir a Florencia -dijo ella.
-Por supuesto. Desde allí le mandaré una postal al gordo que diga: recuerdos a tu puta madre del David de Miguel Ángel.
Yo también hacía mis pinitos con la poesía.
Trazamos nuestro itinerario. Florencia, Praga, Dublín, Helsinki, Tokio, Sydney… el mundo se nos quedaba pequeño.
Lib me pasó mi guitarra y dijo:
-Tócame algo.
Yo dejé la guitarra en el suelo, y me lo tomé al pie de la letra.
Fuckowski, memorias de un ingeniero










